El deterioro de la educación en Puerto Rico (o por qué el profesor tiene que ser un tirano hobbeseano)


por Rodrigo Fernós


La educación se esta gradualmente deteriorando en Puerto Rico, siendo una de sus principal causas la inversión jerárquica en la aula; o como dirían los marxistas, 'el mundo al revés'. El exagerado énfasis en el trato del estudiante como un cliente por universidades privadas y publicas, al igual que la inestabilidad laboral del profesorado, ha resultado en una chocante inversión de jerarquía educacional, que permite el burdo abuso del estudiante hacia el profesor.  Los profesores, gran mayoría encontrados en un estado indefinido laboral 'por contrato' debido a la aguda caída de los espacios de cátedra, se encuentran con poco o ninguna autoridad para lidiar con aquellos estudiantes que menosprecian su labor y esfuerzo o de quienes causan un cambio de enfoque en los demás estudiantes desde la materia a cubrir al 'espacio social' de la aula.

El largo proceso educacional por el cual han pasado los profesores no tiene marcas visibles en el cuerpo indicativas del nivel de esfuerzo, tiempo y posiblemente sufrimiento por el cual tuvieron que pasar para obtener sus grados o publicaciones. ¡Cuantas bibliotecas y archivos visitados!  ¡Cuantas largas noches de lectura realizadas, junto con responsabilidades de trabajo o familia! Todo esto y más es invisible al estudiante, quien juzga al profesor por los típicos llanos criterios al cual se le suele atribuir la condición de juventud. "No me gusta como suena." "No me gusta lo que viste." "Habla muy rápido.", etc etc; todas continuas quejas como si fuesen niños comprando su chicle favorito en la tienda de la esquina.  Estudiantes, algunos de los cuales nunca llegan a abrir los libros o capítulos asignados, se sienten en toda libertad de abusar y difamar al profesor--sin que la administración consulte primero con el mismo para indagar 'su versión del cuento' o le imponga severas  consecuencias al estudiante por su mala conducta.

Lejos de obtener la importante tiranía necesaria en la aula, el cambio de péndulo social ha resultado en que el profesor sea un prisionero de su propio salón.  Lejos de tener la total concentración de los estudiantes para impartir conocimientos culturales trascendentales, importante para el bienestar longevo del cuerpo social, el profesor continuamente tiene que estar batallando las calladas pantallas e invisibles (o no perceptibles) sonidos todos los celulares que se encuentran en cada uno de los bolsillos y/o manos de sus estudiantes. (Peor aun con las aulas virtuales del momento.)  Lejos de reconocer que la labor académica requiere igual o mayor esfuerzo que la labor física, la escuela se convierte en teatro. Lo que antes era un templo al saber y un hogar de renovación intelectual-espiritual, se ha convertido, como diría Mircea Eliade, en profano.  No hay diferencia alguna entre el ritual de ir al cine o atender a la aula; ambos parecen ser otra hora más malgastada en entretenimiento. El pasar del tiempo se desvanece entre momentos que tienen poca diferenciación entre si.

upr torre.jpg, Oct 2020


Todo esto, por supuesto, es el resultado de una mentalidad administrativa que establecen la entidades educacionales en sus aulas. Cierto a decir que lo que se profesa al exterior no coincide con la practica u normas que rigen al interior de las instituciones que dirigen.  Alegan valorizar la educación, mientras que le pagan salarios miserables a los profesores, mantienendolos en constante estado de incertidumbre laboral y tension emocional, o incluso le amenazan si este jamas se disponen a otorgarle una merecida "F" al estudiante que la adeuda.  (Si, me ocurrió en la Interamericana.)

Los estudiantes, que usualmente viven con sus padres, típicamente  carecen de la madurez emocional para genuinamente apreciar las importantes joyas ofrecidos--sin considerar, por ejemplo, el enorme costo y sacrificio que le tomó al profesor obtener sus libros, diplomas, viajes de estudio, y un sinnúmero de pequeños sacrificios a través de largos años. Temas ausentes en los catálogos universitarios, tal como la historia de la ciencia o tecnología, típicamente carecen de adecuados recursos bibliotecarios actualizados (o clásicos), fuerzan a sus estudiantes doctorales (ahora profesores) invertir cuantiosas sumas de fondos escasos para su obtención y lectura. La escuela es para demasiados meramente una extensión de la escuela secundaria, dando que pocos entren en un genuino dialogo con los autores leídos y un cuestionamiento sobre sus preguntas universales de la condición humana.  La metafórica tirita de papel por el sorbeto y el jueguito de manos a espaldas del profesor, virtual o física, es lo que predomina en demasiadas instancias.

Es trágico leer la historia de nuestros (ahora venerados) proseres como Jose Julian Acosta o Roman Baldorioty de Castro, y ver el mismo menosprecio a la educación por los mismos sectores que existían hace unos 150 años atrás; es algo patético ver como  se repite en el Puerto Rico contemporáneo una y otra vez. A pesar de las constante inversiones en edificios o bibliotecas, poco parece haber cambiado en espíritu.  Acosta, quien infructuosamente intento de establecer la historia de la ciencia en la isla, tenia alguna clave sobre los enormes obstáculos que confrontaría al llegar a Puerto Rico en 1853; el mismo escribe de Francisco Jose de Caldas que le atrae el personaje debido a los claros intereses--y obstáculos--que compartían.

Acosta nos dice, 

…mis naturales inclinaciones y mi posición han tenido cierta analogía con las suyas [Caldas]. Ardiendo en deseos de instruirme en medio de una sociedad atrofiada, comprendí todos los obstáculos que encontró el joven Popayanés en su camino, y la heroica constancia con que supo vencerlos para colocarse tan alto en las regiones del pensamiento y de las ciencias de observación. Esta y no otra es la explicación de que haya podido bosquejar la fisonomía moral del primer sabio del Hispano-América.


A pesar de la inspiración, Acosta nunca pudo terminar su mangas obras en historia de la ciencia, describiendo las rutas de aquellos ilustres que habían sacrificado su vida al conocimiento o la ciencia. Publicó uno que otro artículo, que fueron preservados a nuestra posteridad solamente con el tierno amor familial de su hijo, nieto, y tataranieto.  Sin estos esfuerzos 'de sangre común', algo que le competía a los historiadores preservar hace décadas atrás, nunca supiéramos el verdadero logro y profundidad del alcance del ahora venerado proser Jose Julian Acosta.

Acosta escribe tristemente, “Al referirme a mi pasado he creído, que no se hablaba de mi propio, sino de un muerto….Y con efecto, murió aquel Acosta que escribió el ‘Caldas’."

¿Cuantas veces mas se van a repetir tan tragica lamentación, ante una solución que sería tan facil de establecer y enmendar? Jaime Bague. Isabel Becerra de Weirich. Luis Mendez Torres. Juan Bonnet Jr. Teresita Martinez de Carrera. Carmelo Ruiz-Marrero…etc. La lista de historiadores de la ciencia fallidos es larga y sigue creciendo--sin que la historia de la ciencia cale profundamente en la conciencia puertorriqueña nacional.




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