Seguridad hídrica en Puerto Rico: entre el cambio climático, la infraestructura deteriorada y las amenazas a los acuíferos
Fuente: CLARIDAD
Puerto Rico enfrenta uno de los mayores desafíos estratégicos del siglo XXI en la colonia, garantizar la seguridad hídrica en un contexto de cambio climático, deterioro de la infraestructura, crecimiento de la demanda (a pesar de tener menos población) y presiones cada vez mayores sobre sus fuentes de agua superficial y subterránea. Lo que durante décadas fue percibido como un recurso abundante se ha convertido en un asunto de desarrollo económico y social, de seguridad nacional, salud pública, y conservación ambiental. El derecho al agua es un derecho humano fundamental para la salud, la alimentación y un entorno adecuado que la colonia no pueden asegurar. Enfrentamos escasez hídrica y una falta de planificación en la gestión del agua. El Gobierno colonial no admiten su incompetencia y dicen que es un problema de que falta lluvias. Y sí no ha llovido, pero si hubieran planificado el uso del agua, corregido los errores en el manejo del recurso agua, como las pérdidas y sedimentación de lagos no sería necesario el racionamiento aún en condiciones de sequía, porque estaría en su su rendimiento seguro. Pero tirar culpas, hacer politiquería y mentir es más fácil que asumir responsabilidad y enfrentar el problema.
Paradójicamente, la isla recibe un promedio anual de entre 60 y más de 180 pulgadas de lluvia, dependiendo de la región. Sin embargo, la disponibilidad real del agua está determinada por la distribución espacial y temporal de las precipitaciones, la capacidad de almacenamiento de los embalses, la condición de la infraestructura de distribución y la protección de las cuencas hidrográficas y los acuíferos. Diversos estudios del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) y el Programa de Cambio Climático de Puerto Rico han advertido que el calentamiento global aumentará la frecuencia e intensidad de las sequías meteorológicas e hidrológicas, especialmente en el sur y suroeste de la isla. El incremento en la temperatura también acelera la evaporación de los embalses y reduce la disponibilidad de agua para consumo humano y agrícola.
Uno de los problemas más persistentes del sistema de agua potable es el deterioro de la infraestructura de distribución. Durante más de cuatro décadas, Puerto Rico ha enfrentado pérdidas significativas de agua debido a salideros, tuberías obsoletas, roturas frecuentes y falta de mantenimiento preventivo. Diversos informes de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados (AAA) y de organismos fiscalizadores han señalado que una proporción considerable del agua tratada nunca llega a los abonados debido al fenómeno conocido como agua no contabilizada, que incluye pérdidas físicas por fugas, errores de medición y conexiones ilegales. En Puerto Rico, corregir estas deficiencias, representando uno de los mayores desafíos operacionales del sistema. La consecuencia es doble, se desperdician millones de galones de agua potable diariamente mientras miles de ciudadanos enfrentan interrupciones frecuentes del servicio, particularmente durante eventos de sequía o averías mayores. Construir nuevos embalses y fuentes de abastos no resuelven si el 52% de su extracción se va a perder. El agua desalinizada no es solución, presenta grandes retos, ya que requiere un consumo energético muy alto (energía que continuamente se va), genera costos elevados de producción y distribución, costos ambientales y finalmente se va a perder por los salideros. La solución es planificar la gestión del agua, pero al gobierno colonial no le gusta planificar. Planificar permiten analizar detalladamente las situaciones de consumo, establecer objetivos claros, identificar problemas y proponer medidas específicas para promover y gestionar un uso eficiente del agua. Planificar y establecer metas claras ayuda a garantizar la disponibilidad del recurso a futuro.
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